Un virus interminable - Crónica
Un virus interminable
Escrito por Daniel Darquea
Cuando el virus del COVID-19 llegó a Ecuador todo parecía irreal, las situaciones que se daban, la gente contagiándose, muriendo, poco a poco, lentamente en hospitales, sin poder responder al virus, cuando de pronto se decreta el estado de excepción y empieza la cuarentena.
Me encontraba viviendo con mi madre, mi abuela, mi tía y un primo de tan solo 11 años. Para eso del mes de marzo, la enfermedad parecía bastante distante para mí, sentía como si jamás podría llegar a contagiarme del virus, me sentía a salvo, todo estaba estable. Si bien la economía en nuestro hogar no era realmente la mejor, habíamos encontrado la manera de comprar muchas reservas de comida e insumos básicos, estábamos realmente bien provisionados para el próximo mes o dos meses. En lo que transcurría el mes de abril, nos sentimos simplemente tranquilos, despreocupados de que algo nos pudiese llegar a pasar, seguíamos en casa, en cuarentena, no teníamos contacto con nadie, a parte de la gente que se encontraba en casa, nadie salía, nadie entraba, todo totalmente normal. Realmente el mes de abril paso como un abrir y cerrar de ojos, todos despertábamos muy tarde y los días pasaban increíblemente rápido. El encierro hacia parecer que tan solo pasaban horas cuando en realidad ya habían pasado días. Al llegar al mes de mayo, nuestro mayor miedo comenzaba a interpretarse. Nos preguntábamos que íbamos a hacer en el momento de que no podamos pagar la luz, el agua, el teléfono, el internet, más aún aparte deudas, seguros, etc. Por suerte para ese momento el gobierno había anunciado que las cuentas de agua de luz, teléfono e internet iban a ser perdonadas o pospuestas para los próximos meses más adelante. Entonces pensamos, está bien no pasa nada entonces, podemos buscar la manera de reunir el dinero para cuando acabe todo esto poder ir pagando cada servicio y deudas poco a poco, mi madre aun trabajaba por teletrabajo al igual que mi tía, y mi abuela aun cobraba su jubilación, el dinero parecía ser estable dentro de la casa para poder guardarlo hasta el final del estado de excepción. Entonces seguimos despreocupados, viviendo totalmente normal, aunque la comida se agotaba de a poco, no nos dábamos cuenta por el simple hecho de que, estábamos tomando todo muy a la ligera o pensábamos que podríamos volver a reabastecernos sin problema. Sin embargo, cuando ya caímos en cuenta para mediados de mayo no teníamos tanta comida, pero las noticias eran horribles. Como los supermercados se vaciaban, la gente se aglomeraba en ellos como si nada pasara, sin miedo a contagiarse, sin las protecciones necesarias, y sin la distancia reglamentaria, solo existían aglomeraciones por todos lados.
El número de infectado seguía creciendo al igual que el de los muertos, familiares de otros lados de la ciudad nos enviaban videos sobre cómo la gente moría lentamente o de la nada se desplomaban en la calle, sin duda parecía algo catastrófico y aterrorizante.
Por esas razones ni siquiera queríamos salir a la calle, porque realmente la gente no estaba respetando las normas de sanidad para poder sobrellevar el virus, sin embargo, una semana después como a eso del 22 de mayo, la comida en casa se agotó totalmente, si bien nuestro escenario no era desesperanzador, teníamos aun algo de dinero, mi familia conservaba su trabajo, no nos veíamos en la obligación de buscarnos el pan de cada día en las calles o saliendo a algún trabajo de manera presencial, tan solo nos veíamos en la obligación de salir para poder reabastecernos, tratábamos de ver opciones para no tener que exponernos, pues al fin al cabo en mi hogar estaba mi abuela, una señora mayor de 72 años de edad, por lo que teníamos entendido las personas mayores estaban en un grupo de más alto riesgo de que podían tener consecuencias fatales. Teníamos que estar con muchísimo cuidado, aun cuando consideramos que podíamos pedir los alimentos por Glovo, aquella aplicación de entrega a domicilio, también nos daba miedo de que tal vez el virus pudiera venir en los objetos que trajese la persona, por lo tanto lo intentamos solo una vez pero con la mayor precaución posible, menos mal el repartidor también tomaba todas las medidas necesarias de seguridad para poder realizar la entrega, la distancia, la desinfección, todas aquellas medidas de bioseguridad. Sin embargo, al momento de llevar las cosas a la casa desinfectábamos todo, lavábamos todo, con tal de eliminar cualquier probabilidad de que el virus estuviera en la comida. Al menos gracias a esto teníamos unas cuantas provisiones que, aunque sea podían durar una semana o dos semanas máximo quizá.
Para inicios de junio nuestra suerte empezó a cambiar para mal. Mi madre recibió una llamada sobre que estaba fuera del trabajo porque no podían pagar sueldos y la economía en la empresa también estaba un poco mal, así que era necesario hacer un recorte de personal. Mi madre un poco triste no se rindió y simplemente, trato de buscar trabajo de otra manera mediante plataformas online, o de alguna manera más segura, además aun mi tía conservaba su trabajo de cierta manera, era una ayuda económica más para la casa y para poder seguir adelante. Por mala suerte unos días después mi tía también perdió su trabajo. Las cosas empezaron a complicarse, mi familia se empezó a preocupar sobre cómo podríamos obtener ingresos para poder seguir subsistiendo, aun así, si quisiéramos usar la jubilación de la abuela, los pagos de las jubilaciones también se estaban retrasando. Nos empezamos a encontrar en una situación de la espada y la pared.
A medida que las pocas raciones de comida que habíamos comprado se iban acabando, la ansiedad dentro de mi familia iba creciendo más.
¿Qué podemos hacer?
¿Cómo saldremos de esto?
Estas preguntas eran constantes en mi madre, realmente la desesperación empezaba a llegar al hogar, el miedo sobre qué sería de nosotros más adelante nos invadía. Aun teníamos algunos ahorros en casa, pues a mi madre le gusta guardar el dinero en casa antes que, en un banco, por tanto, aun podíamos comprar provisiones para poder seguir comiendo y viviendo con normalidad. Si bien teníamos ahorros para este momento, no eran infinitos, así que teníamos que buscar una alternativa de poder obtener ingresos nuevamente para el hogar y para la familia, porque para más adelante quizá ya no tuviéramos ni para comer. Por lo tanto, un 8 de junio, mi madre y mi tía decidieron armarse de valor para poder salir a la calle a buscar algún trabajo ya que por online no se conseguía nada. Obviamente salieron con las medidas de seguridad necesarias nuevamente, mascarilla, alcohol, y algunos instrumentos de protección más para poder asegurarse de no contraer el virus, también trate de buscar trabajo para poder aportar a todo esto, pero mi madre se negaba a que trabajara ya que tenía miedo de que pudiese contagiarme yo también y poder contagiar a mi primo y abuela. Por suerte, días después logro conseguir trabajo en un municipio gracias al contacto de algunos amigos, sin embargo, por otro lado, mi tía aun no corría con la misma suerte no lograba conseguir nada.
Mientras pasaban los días mi madre seguía saliendo a trabajar al municipio que, si bien no funcionaba en su totalidad presencialmente, aun tenia algunas funciones que requerían que fuese en persona. Mi tía tampoco desistía en tratar de buscar trabajo para poder aportar ya que si bien mi madre consiguió trabajo los ingresos no eran suficientes para poder sacar adelante el hogar, con las deudas y el tiempo corriendo en contra.
Para eso del 14 de junio se reportó que un compañero de la oficina en el trabajo de mi madre, había salido positivo para COVID y que por esa razón había dejado de asistir al trabajo. Mi madre si tenía contacto con él, por lo que era uno de sus amigos que le había ayudado a conseguir el trabajo. Las autoridades del municipio dijeron que por razones de precaución el resto de empleados de ahí podían hacerse la prueba, pero esta corría por sus propios costos. Mi madre recurrió por tanto a hacerse una de las pruebas rápidas para COVID que un amigo de ella se la pudo facilitar, al momento de realizarse la prueba que tan solo consistía en una pequeña gota de sangre del dedo, esta salió negativo fue un alivio bastante grande para ella, pues no tendría que lidiar con la enfermedad ni con el miedo de contagiarla al resto de los integrantes de la casa, por tanto, con un alivio encima ella siguió saliendo a trabajar. Pocos días después como a eso del 20 de junio a 21 de junio ella llego a casa sintiéndose bastante mal y aquejada, en ella era bastante normal los dolores de cabeza cuando no tomaba café, así que simplemente dijo que tomaría una taza de café e iría a dormir, tal cual lo hizo el dolor de no paró. En la madrugada del mismo día ella se despertó, sentía un malestar pequeño en la garganta y sudaba frio le tomamos la temperatura yo y mi tía, pero esta indicaba que no tenía la temperatura realmente alta sin embargo aún le dolía la cabeza. Ella pensaba que simplemente se le había bajado la presión o quizá durmió con la ventana abierta y eso podía haber causado un pequeño resfrío quizá. Al siguiente día ella volvió a salir a trabajar, sintiéndose un poco débil y con algo de malestar, se puso su mascarilla, lleno su bote de alcohol y salió, por suerte en el trabajo ella se encontraba mejor, si bien se sentía algo agotada y débil, no tenía más síntomas, como el posterior dolor de cabeza o la molestia de la garganta, simplemente asumió que simplemente tenía la presión baja nuevamente, así que, comió algunos dulces para poder subir el azúcar y siguió su día, aunque el malestar que sentía no se iba. Al llegar a casa, le volvió el dolor de cabeza, pero esta vez un poco más fuerte, no tenía temperatura aun, pero sudaba frio nuevamente. La situación empezó a ser preocupante, nosotros realmente ni siquiera estábamos totalmente informados de qué manera se daba el coronavirus ni cuáles serían sus síntomas más frecuentes o infrecuentes, con una rápida búsqueda en internet sobre cuáles eran los síntomas del coronavirus, descartamos que mi madre poseyera la enfermedad porque ni siquiera tenía fiebre y pensamos que tenía que tener ese síntoma para que realmente estuviera contagiada o realmente fuera portadora de la enfermedad.
Para el 25 de junio, mi madre ya no fue al trabajo porque ahora si su temperatura empezó a aumentar, en mi desconocimiento pensé que sería solo un resfrió así que pase esos días tratando de estar al pendiente, cuidándola y prestándole la atención necesaria. Pero al día siguiente tan solo para poder descartar que sea un posible positivo para coronavirus decidí llamar al 171, me preguntaron sobre que síntomas tenia, que, si había estado en contacto con alguna otra persona con COVID, por lo que respondí que sí. Me dijeron que entonces me agendarían una cita para poder hacerle una prueba PCR en el IESS, que entonces me llamarían para poder confirmar que día y a qué hora sería, a mi sorpresa pasaron los días y nunca llamaron, mi madre seguía sintiéndose mal, con tan solo dolores de cabeza y malestar general. Volví a llamar a ese número el día siguiente, me volvieron a preguntar lo mismo y me dijeron lo mismo que la anterior vez, y nuevamente, nunca llamaron, ya no encontraba razón de tener que llamar al 171 porque siempre me decían lo mismo y ni siquiera llamaban para confirmar una cita que según ellos habían dicho que agendarían una, trate de llamar una última vez y tan solo me dijeron que no agendaban citas o hacían pruebas a personas si realmente no era un caso grave.
Un día después mi tía también empezó a sentirse realmente mal con los mismos síntomas que mi madre, tal cual le había sucedido a ella, entonces ya asumí que esto era un poco más grave, para este momento aun contábamos con el seguro, así que decidí llamar al seguro para saber si me podrían ayudar realizando una prueba COVID a mi madre y a mi tía, a mi suerte por fin me confirmaron y agendaron una cita, fue mi tía y mi madre a la consulta, les tomaron los signos, vieron que síntomas tenían y les dijeron que podían ser una caso probable de COVID, entonces le dijo que tendrían que hacerles unas pruebas COVID a ellas, pero el costo de estas pruebas era de aproximadamente 150 cada una. Con la finalidad de por fin despejarse de las dudas y poder incluso, de ser el caso de ser portadoras de COVID iniciar un tratamiento decidieron hacerse la prueba. Mi madre tuvo que agarrar el dinero de los pequeños ahorros que tenía para poder hacerse la prueba.
Le agendaron una cita entonces para el día 28 de junio después de haber cancelado el monto de la prueba. Ellas fueron al hospital se les hizo la prueba que demoro unas cuantas horas y les dijeron que les dirían el resultado en los próximos días. El 1 de julio finalmente llamaron para poder decirnos el resultado, el cual lastimosamente fue positivo, mi tía y mi madre ambas estaban con COVID y aun así no sabíamos si para ese momento el resto de la familia estaba contagiada, pues nadie presentaba síntomas aun, ni mi abuela, ni mi primo ni yo, así que por eso el doctor había dicho que teníamos que aislarnos todos y permanecer en un cerco epidemiológico en nuestro hogar, y que el resto de la familia también podríamos ser posibles casos de contagiados de COVID, entonces un médico con todas las herramientas de bioseguridad vino a nuestro domicilio unos días después de eso para poder realizarnos a cada uno una prueba COVID y como era de esperarse, nuevamente debíamos cancelar aquel monto por cada prueba que nos hacíamos. Los ahorros que teníamos, se fueron en esas pruebas, aquellos ahorros con los que pensábamos ponernos al día con las deudas se agotaron.
Días después nos cortaron la línea del teléfono y el internet porque debíamos ya una cuenta incluso antes de la cuarentena entonces procedieron a cortar esos servicios, pensé que entonces podía tomar clases virtuales con el plan del teléfono celular, pero movistar de igual manera por no habernos igualado a tiempo con los pagos, procedieron a bajar la velocidad de navegación de internet y para encima agregar que en mi casa no funcionaba muy bien la señal de movistar, era casi imposible poder conectarme a clases porque simplemente ni podía ingresar a las plataformas para las videoconferencias.
El 6 de julio llamaron nuevamente desde el hospital, para confirmar que todos en la familia éramos portadores de COVID, inclusive la persona más mayor de mi casa, mi abuela. Enterarnos de la noticia fue bastante duro, pues al estar todos contagiados requeríamos de más cuidados, de más gastos en medicina y estar totalmente aislados cada quien en cuartos separados para poder evitar que la carga viral aumente. Sin embargo, la mayor preocupación aquí era por la abuela, ya que se sabía que ella era una persona bastante mayor y que estaba en la zona de riesgo y con la tasa de mortalidad más alta.
Entonces, para todo esto como mi madre y mi tía se encontraban con mucha temperatura, mi primo tenía 11 años y a mi abuela no la podía exponer. Tuve que encargar de todas las cosas de la casa y atender a cada uno con las medidas de precaución más estrictas posibles. Nos empezamos a dividir cada uno en cada cuarto para poder mantenernos aislados cada uno del otro. Mi madre se quedó en su cuarto. Mi abuela en otro cuarto, mi primo en el mío y mi tía en otro cuarto pequeño, por ultimo a mí me toco quedarme en la sala y dormir en los muebles, me parecía de todas formas lo más correcto ya que como se encontraban peor las personas mayores de la familia tenían que tener bastante reposo. Gracias a la confirmación de que la familia tenía COVID, mi madre pudo reportar eso al trabajo para que no la despidieran, tuviera un tiempo de mejoría y pudiera después volver a trabajar, pero esta vez de forma virtual.
Todos los días desde que empezamos el aislamiento en casa, me levantaba muy temprano por la mañana para poder atender a mi familia con los cuidados más estrictos posibles. Llame a mi hermano que vive por su cuenta que me compre la medicina e insumos de protección, como mascarillas, guantes, etc. Mi hermano se apresuró a comprar la medicación para cada toda mi familia en casa en la que consistía: Azitromicina, Hidroxicloroquina y desloratadina. Fue complicado conseguir estos medicamentos porque al parecer estaban bajo una gran demanda y casi no había muchos lugares donde se las podía encontrar, pero de alguna manera logro ingeniárselas para poder conseguirlas. Entonces llego a la casa y me dejo las cosas en la puerta de la casa. Él no podía entrar por obvias razones, no puede exponerse a contagiarse ya que él tiene su familia también. Estaba todo lo necesario en la puerta y yo procedo a entrar las cosas, limpiar y desinfectar cada una de las cosas. Al acabar de realizar esta acción, debo cocinar con mascarilla y guantes para evitar pasar más virus a la comida o los platos que les voy a entregar a mi familia para comer. El medico había indicado que debíamos tomar de 10 a 15 días la medicina 3 veces al día, una o dos horas antes de cada comida, por lo tanto, me tenía que encargar de hacer todas las comidas y hacer que cada uno pudiesen tomar la medicación necesaria. Yo para ese momento aún me sentía bien, quizá tenía un pequeño malestar o dolor de cabeza de vez en cuando pero no más de eso. Algunas veces nos llamaba el medico que estaba al tanto de nosotros para preguntar como seguíamos ya que de ser el caso que todos estuviéramos bien nos podría dar el alta para acabar con el cerco y poder volver a nuestras actividades normales, sin embargo, eso sería después de unos 15 días en el transcurso de la enfermedad para poder verificar el transcurso del virus dentro de nuestro hogar y en el organismo de cada uno. Los síntomas de mi madre seguían agravándose y los de mi tía también, empezaron a vomitar, tenían mucho malestar, ardor en los ojos, y además perdieron también el sentido del gusto y el olfato, cada vez parecían estar peor, muchas de las noches no podían dormir porque el dolor de cabeza era tan fuerte que se les hacía imposible conciliar el sueño así mismo la fiebre aumentaba cada vez más. Mi abuela y mi primo tampoco tenían síntomas fuera de lo normal. A la abuela apenas le dolía un poco la cabeza, pero procedía a darle un paracetamol y el dolor le bajaba totalmente.
Así transcurrieron los días poco a poco, yo haciendo la misma rutina cocinando y atendiendo a todos en la casa, hasta que un 17 de julio mi primo me dijo que ya no podía sentir el sabor de la comida ni el olor, era un síntoma normal, tenía que llegar en algún momento, ya que a mí también me empezó a suceder, empecé a notar como poco a poco iba perdiendo el sentido del gusto de la comida y del olfato y ni siquiera era porque tenía congestión nasal, sino simplemente ya no podía distinguir olores ni sabores. A mi primo de pronto empezó a toser bastante y muy frecuentemente, pero al parecer como es muy joven sus síntomas hasta el momento solo llegaban a eso.
Al día siguiente mi abuela amaneció muy mal, con fiebre y una temperatura demasiado alta, se encontraba tosiendo demasiado era casi incontrolable, no paraba de hacerlo, parecía que se estuviese ahogando, del susto llame a la ambulancia y por suerte supieron llegar pronto, entonces por la condición de mi abuela y la alta temperatura que tenía, además de agregar que era una persona mayor de edad, optaron por llevarla a emergencias al hospital más cercano que era el hospital Pablo Arturo Suarez, le informe a mi familia sobre lo sucedido y no pudieron evitar soltar lagrimas por el miedo que les causaba que le sucediera algo aún más grave a su madre. Sin embargo, había dejado como referencia mi número de teléfono para poder estar en contacto con el hospital y sobre la situación de mi abuela. Mi madre tenía un amigo en aquel hospital al cual ella me pidió llamar y pedirle de favor que esté al tanto de mi abuela y que trate de darle buenos cuidados, de igual manera era el quien se encargaba de avisarnos y mantenernos al tanto sobre la situación de la abuela. Sin embargo, por otro lado, la situación en casa parecía mejor de a poco mi tía iba mostrando mejorías a medida avanzaba el tiempo. Ya no tenía fiebre, pero de vez en cuando le llegaban como ataques de tos, pero de pronto cesaban y no pasaba más de eso. Mi madre seguía en cama, si bien ya no tenía la temperatura alta, seguía vomitando y tosiendo muy frecuentemente, así como sentía una fuerte presión en el pecho que le dificultaba respirar, me sentía muy preocupado al respecto, pero tenía la fe de que se mejoraría.
Pronto seguido a eso la primera en mostrar una mejoría fue mi tía la cual ya mismo parecía que estaría curada y habría superado la enfermedad. Mi primo también ya no tenía síntomas más que la perdida de gusto y olfato, pero nada más lejos de ahí, de todas formas, yo tenía que seguir desinfectando los cuartos y todo lo que tocaba para no aumentar la carga viral ni de mi familia como la mía. Para eso del 20 de julio yo me empecé a sentir muy mal y como mi tía ya se iba sintiendo mejor de a poco le pedí de favor a ella que tomara mi lugar en atender la casa ese día porque no me sentía nada bien. Mi temperatura aumento y tenía fiebre el dolor de cabeza era insoportable que, aunque quisiera dormir simplemente no podía, tenía escalofríos que desconozco si la razón era por el dolor o por alguna otra cosa, mi tía trataba de ayudarme con algún paracetamol para aliviar el dolor, pero no parecía hacer efecto, y la comida que ingería la vomitaba al instante siguiente de comerla. La situación era incomoda y desfavorable para mí, me sentía tan indispuesto, no tenía apetito, y sentía malestar general en todo el cuerpo, dolores musculares en las piernas y brazos, me sentía absolutamente débil. Le había dejado mi teléfono a mi tía para que ella pudiese contestar sobre cualquier cosa si llamaban a dar información sobre mi abuela, y sí. Ese mismo día llamaron para decir que la situación de la abuela era bastante inestable que se encontraba con un respirador mecánico porque era muy difícil para ella respirar. Después de esa noticia mi tía empezó a llorar, no le quiso decir a mi madre porque ella parecía ya mejorarse de a poco y si le decía una noticia como esa es probable que por el ánimo decayera nuevamente, sin embargo, la situación continua.
Mi hermano volvió a dejar algunos insumos en casa por ayudarnos, los cuales nos ayudarían a seguir quizá un mes más, al día siguiente recibí una llamada de mi padre, en la cual lo oí muy triste y desanimado, hablé con él le dije que lo quería y además era su cumpleaños así que además le desee un feliz cumpleaños. Me pregunto cómo estaba y le conté sobre mi situación en casa y sobre lo que estaba pasando, luego le pregunté lo mismo a él, lo cual no respondió mucho y dijo que tenía que colgar. La situación de el con lo que me conto también parecía ser difícil, no se encontraba bien económicamente y pues quien no, la crisis económica por la pandemia golpeó tan fuerte a las familias en la mayoría de hogares que complico la vida a mucha gente. Estadísticamente casi el 83% de trabajadores quedaron desempleados y sin posibilidades de llevar un pan a sus hogares, es una situación muy difícil y complicada.
En casa el tiempo transcurría, yo seguía muy débil, no tenía ganas de comer nada, pero tenía que hacerlo para tomar la medicación, por tanto, comía menos de la mitad después de comer la pastilla con tal de tener algo en el estómago si no me haría mucho daño, sin embargo seguía vomitando y teniendo nauseas, mas encima tener tos de pronto y tan fuerte me hacía doler el pecho, y estaba totalmente ronco. Volvió a llamar el medico a ver si todos ya habíamos presentado una mejoría y pues como tan solo mi tía había presentado mejorías y mi primo también parecía de a poco curarse. Les dijo que esperen unos días mas para poder darles de alta, sin embargo, yo aún tenia síntomas y estaban fuertes y mi madre, parecía recién estar saliendo de la enfermedad.
Quien se estaba haciendo cargo de mí y de mi madre era mi tía ya que finalmente le hicieron una prueba rápida a mi primo y este salió como negativo. Mis síntomas continuaron hasta el mes de agosto, seguía sintiéndome muy mal e incluso se me dificultaba respirar a causa de la tos, esta era como si no pudiese parar nunca, era tan fuerte que sentía como si mis pulmones habían quedado inflamados de tanto toser, por buena suerte mi madre ya se encontraba mejor, si bien tenia algunos síntomas mínimos ya no era algo tan grave. El 11 de agosto a mi tía y a mi primo les hicieron una prueba rápida para saber si ya no tenían COVID y efectivamente habían salido negativo en el test. Mi madre ya se sentía mejor y pudo levantarse a realizar teletrabajo, aun así, yo seguía en cama porque aun después tanto tiempo, no dejaba de vomitar y tener escalofríos, la fiebre no era tan frecuente pero el dolor de cabeza ahora era como una especie de migraña recurrente. Habían llamado desde el hospital también, todo ese tiempo estuvieron en contacto con mi tía acerca de la situación de mi abuela, parecía esperanzadora, estaba bien, consciente y estable, le habían dicho que pronto le darían de alta.
A medida transcurrían los días empezaba a mejorarme aún mantenía la distancia con mi madre, pero con los cuidados necesarios ya podía hablar con ella en la mesa y no en cuartos distintos. Los días pasaron, yo ya me encontraba mejor aún seguía con síntomas mínimos y mi madre igualmente aun no estábamos curados del todo, sin embargo, todo parecía salir bien y estar mejorándonos.
El día 20 de agosto llamaron nuevamente del hospital donde se encontraba la abuela, la situación de ella se complicó de pronto y estaba grave la noticia nos impactó aún más cuando el amigo de mi madre le dijo que lo sentía que, aunque hizo lo que pudo en el hospital están disminuyendo los recursos dirigidos a los pacientes mayores de 60 años. Mi madre se echó a llorar y se fue a dormir, tratamos de seguir los días consecuentes tranquilos, mis migrañas y la perdida de gusto y olfato continuaba, pero la tos ya casi había desaparecido.
El 27 de agosto recibimos la trágica llamada de que la abuela había fallecido en la madrugada debido a un fallo respiratorio. Mi madre no soporto la noticia que simplemente se desmayó trate de llevarla a su cama y recostarla, la noticia me había impactado a mí también, no sabía cómo reaccionar, pero tenía que estar al tanto de mi madre, estaba bien al parecer solo fue un desmayo, pero al despertar después de unos minutos se empezó a sentir muy mareada, y su fiebre volvió. La temperatura era tan alta que ella empezó a quejarse mucho del dolor porque decía que era más insoportable que las otras veces. Llame a mi hermano y le dije que me ayude y dijo que era mejor que llame a una ambulancia, la llevaron al hospital y yo me quede en casa, se encontraba mal, pero no en un estado crítico entonces no tenía que asustarme, pero aun así me encontraba muy preocupado, según el médico, la fiebre era muy alta que tuvieron que ponerle sueros y más medicinas para que pueda dormir y bajar el dolor sin embargo la temperatura no disminuía así que la mantuvieron sedada. Ya para el 1 de septiembre finalmente pude hablar con ella y ella dijo que ya se encontraba mejor, y yo también me encontraba mucho mejor no volvía a la casa porque las pruebas de COVID rápidas que le hicieron ahí indicaban que aún era positivo, por tanto, yo también lo sería. Pero ya solo era cuestión de esperar para que pronto la prueba arrojara un negativo como resultado.
Ya por fin pensé que todo acabaría, saldría de todo esto hasta que el 6 de septiembre recibí una llamada de un número desconocido, mi padre también había fallecido a causa del virus. No supe cómo reaccionar, así que solo consideré que llorar era todo lo que podía hacer, se lo dije a mi madre y a mi hermano e intentaron calmarme, pero parecía imposible. Volví a perder el apetito y los dolores de cabeza volvían a ser fuertes.
Mi hermano, una semana después pago unas pruebas rápidas para mí y mi madre, finalmente mi madre ya había superado la enfermedad, ella ya no tenía COVID, sin embargo, a mí me volvió a salir positivo, hasta el día de hoy continúan unas pequeñas migrañas y no puedo distinguir el sabor, ni olores, mi voz quedo ronca, pero parece que se mejora muy lentamente. Actualmente me encuentro solo en casa por lo que soy el único positivo para COVID, por tanto, hasta que arroje negativo mi madre no podrá venir a casa mientras se quedara con mi tía en un departamento que tenía anteriormente.

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